sábado, 25 de enero de 2014

2. Misma aventura, nuevos personajes

Capítulo 2: Meliá

  Cachai, weon, wea, al tiro, piscola, mote con huesillo, empanada, nuestra conversación con Luisa fue como una pequeña guía para el extranjero en camino a la jungla chilena de palabras que significan todo y, a la vez, no significan nada. Se notaba en el rostro de nuestra nueva amiga que no entendía nada, tanto por las palabras nuevas, como por lo rápido que hablábamos (y lo mal articulado, por lo demás). A veces se quedaba mirando completamente confundida, por lo que repetíamos pero con palabras más ortodoxas y un poco más lento. Sin embargo, si iba a quedarse en Chile por seis meses tenía que aprender, y qué mejor que aprender ya. Y como mis amigos y yo somos tan buena onda, no le dimos mucha ventaja y seguimos hablando en nuestra lengua cotidiana como si ella ya fuese una de nosotros.
- ¿Oye y teni familia o amigos en Chile?
- No, voy sola, así, a la vida. Y si no fuera por esto tendría que quedarme 24 horas en el aeropuerto de Santiago, porque hice mi reservación mal en el hostal y no tenía dónde dormir esta noche.
- Uuuh. ¡Entonces somos tus primeros amigos chilenos!
- Jaja, sí, son los primeros chilenos que conozco.
- Qué suerte entonces, de coincidir en el mismo vuelo y que todos aceptáramos lo del hotel.
- Sí, bacán, te vamos a invitar a carretear cuando estemos en Chile.
- Oye, pero igual carretiemos ahora en el hotel po. ¡Hay que celebrar!
- ¿Que es ca-rre-tear?
- Es, este, fiesta, jaja. Ir de fiesta, o salir a una disco, o juntarse con amigos a tomar. Nosotros hacemos más eso, carreteamos entre nosotros en la casa.
- ¿En sus casas? Oooh, nosotros nunca hacemos eso, siempre vamos a algún lugar.
- Noo, en Chile es muy común carretear en casas.
- Sí, de hecho, si quieren podemos hacer un carrete en mi depto cuando volvamos. Le voy a preguntar a mi papá.
- Pero no el mismo día.
- No. ni cagando, después. Ahí nos ponemos de acuerdo. Y estás invitada Luisa.
La invitación estaba hecha, ahora solo faltaba que le hubiésemos caído bien y que quisiera seguir siendo nuestra amiga. El único problema sería que se haciera tantos amigos en la universidad que se olvidara de nosotros.

  Estábamos en lo mejor de la conversación cuando otra señorita de la aeronlínea se acerca a nosotros y nos dice que Luisa tiene que ir con ella al taxi. ¿Y nosotros? "Todavía están procesando sus papeles, luego los van a venir a buscar". Así que nos despedimos y se fueron. También se fue el otro hombre que había firmado contrato. Pasó un largo rato antes de que vinieran a hablar con nosotros de nuevo. "Ya, están listos los papeles. Pueden ir los cuatro, solo tienen que firmar aquí". Nos miramos y a todos nos salió una risa nerviosa, todavía no podíamos creer lo que estaba pasando. Tuvimos que esperar otro rato más, como el doble que el anterior y luego nos vino a buscar una señorita muy simpática con cara de estar estresada con todo el trámite. "Síganme, vamos a retirar sus maletas y sus voucher" y partimos. Fuimos por unos pasillos que seguro ni el Papa podría pasar. Seguridad por aquí, por allá, prohibido el paso, solo personal, yo me empecé a preocupar porque en algún momento algo sospechoso nos iban a encontrar y algo malo ibamos a haber hecho y a la cárcel no más, sin preguntas ni llamadas telefónicas. Pero parece que en Perú no son así. Salimos al pasillo por el que habíamos entrado a la zona de embarque internacional y bajamos al primer piso. Ahí tuvimos que esperar más a que la asistente fuese por nuestras maletas. "Pobre" pensaba, "va a tener que hacer todo sola, si tan solo nos dejaran pasar sería mucho más fácil". Pero el hombre que controlaba el paso de la gente de un lado al otro del hall de entrada no dejaba pasar ni a las señoras en silla de ruedas. O creo que sí, creo que dejó pasar a una, pero a una no más. La cosa es que tuvimos que esperar de nuevo y al rato la vemos venir de lejos con un carrito con todas nuestras cosas y unos tickets en la mano. "Estos son sus voucher y aquí están las maletas. El taxi está afuera, vamos". Así que tomé el carrito y nos fuimos en busca del taxi.

  Salimos y parece que a todos los taxis les habían avisado que estábamos buscando uno, porque casi se nos abalanzaron encima ofreciéndo sus servicios. Que no, que no, decía la señorita que nos llevaba y como nosotros la seguíamos a ella, decíamos lo mismo. Hasta que se cruzó con uno y le preguntó algo. "No, no sé, por allá debe estar pe" y le indicó una dirección. Seguimos avanzando y claro, hacia allá era, pues se acercó rápidamente el chofer a ayudarnos con las cosas. "Suban, suban, yo arreglo las maletas" dijo como todo buen taxista que conoce mejor su máquina y sabe cómo hacer caber un montón de maletas. Pero no era un taxi como el que esperaba, era más bien una van. Abrimos la puerta y ¡sorpresa! ahí estaba nuevamente Luisa y el otro tipo, que luego supimos que se llamaba Álvaro pero le dicen Tom. Como teníamos que seguir esperando nos pusimos a cantar con el Pape, la María y la Aldu. No era la primera vez, antes y durante el viaje ya habíamos practicado algunas canciones de Queen que nos salían bien y esas nos pusimos a cantar. Y finalmente llegó el chofer con otras dos muchachas. Ambas subieron adelante y cuando les preguntamos sus nombres supimos que no andaban con ganas de hacer amigos, o al menos no querían que nosotros, cuatro mochileros y los otros dos que venían en la parte de atrás fuesen sus amigos. Me dio un poco de pena, la verdad, porque una de ellas que se notaba más tímida y tierna sí parecía querer compartir con nosotros. Seguramente la otra era como la "jefa" y se hacía todo lo que ella mandaba, sólo por tener carácter más fuerte y dominante. "Somos de México" dijo la pesada. "¡Yo también! Soy de Tijuana" dijo Luisa alegre de compartir esta aventura con sus compatriotas. "Nosotras del D.F." y ahí se acabó la conversación. Por lo que entendí luego, eran cuicas y se creían el hoyo del queque. En fin, el chofer puso la radio y seguimos cantando hasta que llegamos al hotel.

  Conchesumadre el hotel. Definitivamente cinco estrellas, si es que no más. De partida me sentía totalmente incómodo, olía mal, mi ropa estaba sucia y además no era ropa muy adecuada para ese nivel de lujo. Pero al final me dio igual, nos habíamos "ganado" esa noche en ese hotel de lujo y ya estábamos ahí, a disfrutar se ha dicho. Luego de llenar unos papeles, cada quien se fue a su pieza, la Aldu con la María, yo con el Pape y la Luisa a la suya. Nos iban a dar de cenar, por lo que quedamos de vernos cuando bajáramos. Subimos con el Pape y no lo podíamos creer. Una cama como de cinco plazas para cada uno, todo limpiecito, un baño espectacular, ¡agua caliente! Si hasta un escritorio tenía la pieza por si necesitábamos cerrar algún negocio con el presidente. Se pasó. Dejamos las cosas, nos lavamos un poco y bajamos. Fuimos al comedor y ahí nos sentamos los cinco que ya nombré y Tom. Nos ofrecieron un par de platos distintos, ya que la cocina estaba funcionando sólo para nosotros. Comimos, conversamos, nos reímos y fuimos conociendo más a los dos extranjeros con los que compartíamos la mesa. Tom es colombiano, trabaja en Chile desde hace unos años y andaba de vacaciones viendo a su familia en Colombia. Dijo que quizás le harían problema en el trabajo por volver un día después, pero al final le dio lo mismo como a todos nosotros. Después de comer le preguntamos al garzón si sabía dónde conseguir pisco, porque queríamos celebrar nuestra suerte y enseñarle a Luisa lo que era una piscola, pero nos dijeron que estaba todo cerrado, lo que no era nada raro porque eran cerca de las dos de la mañana. Al final nos despedimos y cada uno fue a su habitación. "Puta la wea" pensé, "quería carretear con ella y conocerla más". Pero ya que el carrete había funado, nos fuimos a la habitación con el Pape y decidí darme una relajante ducha en ese maravilloso baño. Lo que no sabía era que el relajo se me quitaría con lo que vendría más tarde esa noche.


Continuará...



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Hola, yo de nuevo. Segunda parte de esta aventura en la que conocí a Luisa, mi polola hermosa <3
Para los que todavía no se dan cuenta, le puse código de colores a los diálogos para que se note bien quién dice qué (porque personalmente de cuando en cuando me surge esa duda en algunos libros). Los personajes dignos de un color son Luisa, Aldu, Pape, María y Pato (o sea, yo). Además, para aquellos que leen desde México, si no entienden una frase o una palabra, no duden en googlearla para entender mejor :D
A manera de blog, porque no quiero que sea solamente la historia, me falta poquito para terminar mi aplicación para la University of Southern California. Espero que salga todo bien para poder ir a estudiar a Los Angeles :D

Eso, ¡gracias por leer!

Pato.

PD: 76 días y contando.

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